Los pacientes esperan del otro lado de la puerta doble y en dos bancos largos contra la pared azulejada.
Mientras tanto, las enfermeras pasan, mirándolos así, con altanería desconfiada.
Alguien patea nervioso un bolso en el piso y una botella de agua se cae y gira.
En la camilla, una mujer con cara de dolor y tapada con una frazada, aguarda en la entrada de rayos.
Nadie habla.
Casi es obligatorio seguir con la mirada, las flechas que señalan la cafetería, informaciones, el ascensor… la salida.
El olor a desinfectante es intenso.
El silencio es interrumpido por tubos y frascos que chocan entre sí, sobre mesas de metal y de vez en cuando, la sirena de la ambulancia.
Un teléfono público que no funciona, tiene direcciones de farmacias de turno.
Voces graves y cordiales, recetan calmantes y antibióticos.
Un reloj redondo, de gran tamaño, no puede medir el tiempo y
Sin embargo, todos lo miran.
Un hombre y una mujer se toman de la mano, así, de esta manera, y no se sabe quien sostiene a quien.
Por fin, la puerta se abre y entonces las esperanzas se arrojan.

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