Sólo basta mirarlas:
son ojos abiertos que esperan al viento que arrastre las penas. Invitan al sol y le dan paso a la vida y arañan la noche que está llegando.
Se asoma la cortina desde el balcón con pocos geranios y son testigos de la calle del barrio.
En una esquina, los molinos con luces giran para un mismo lado.
Mientras en veredas opuestas, dos hombres y sus mascotas que no tienen raza, se pasean, luciendo con orgullo los colores de River y Boca.
Hay ofertas de salame y queso, mientras los sueños se apilan entre plumas y espuma.
A la vuelta, la mesa está puesta.
La senda peatonal está marcada y el semáforo funciona, pero un coche no las respeta y arremete y no le importa el peatón que cruza.
El hombre de azul no vigila, no protege, no se inmuta y se lo declara culpable de no ver, de no oír, de no hacer.
Entonces, se abre la puerta y el fin del día atraviesa el techo vestido con cintas para que no se escapen los secretos bien guardados.
Susana

No hay comentarios:
Publicar un comentario