martes, 16 de febrero de 2010

Sólo basta mirarlas:

son ojos abiertos que esperan al viento que arrastre las penas. Invitan al sol y le dan paso a la vida y arañan la noche que está llegando.

Se asoma la cortina desde el balcón con pocos geranios y son testigos de la calle del barrio.

En una esquina, los molinos con luces giran para un mismo lado.

Mientras en veredas opuestas, dos hombres y sus mascotas que no tienen raza, se pasean, luciendo con orgullo los colores de River y Boca.

Hay ofertas de salame y queso, mientras los sueños se apilan entre plumas y espuma.

A la vuelta, la mesa está puesta.

La senda peatonal está marcada y el semáforo funciona, pero un coche no las respeta y arremete y no le importa el peatón que cruza.

El hombre de azul no vigila, no protege, no se inmuta y se lo declara culpable de no ver, de no oír, de no hacer.

Entonces, se abre la puerta y el fin del día atraviesa el techo vestido con cintas para que no se escapen los secretos bien guardados.

Susana

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