De encuentros y ausencias
La esperé en el café de las cinco esquinas. Me vestí con lo mejorcito: el pantalón a rayas y
el saco de paño gris, camisa blanca y pañuelo al cuello.
Se cerraba el círculo de una búsqueda llena de lamentos.
Tantos años preguntando, rastreando su paso..., y así supe que entre las once y las doce salía
del restaurante donde cenaba diariamente.
Me contaron que se había casado con aquél pretendiente, heredero de la fábrica de caramelos y chocolates
Más sabrosos del país; que hace un tiempo había quedado viuda.
Tenía una segunda oportunidad…
Ya no vivían aquellos que hicieron lo imposible por separarnos.
Envié una carta, haciéndole saber cuánto deseaba verla.
Sabía de su soledad: sus hijos ya no la necesitaban y repartía su tiempo entre nietos y
Caridad. Que todas las noches, como ritual, cruzaba la calle hasta la plaza de enfrente, muy arbolada y
sombría, daba tres o cuatro vueltas alrededor, caminando ligero para bajar la comida.
Como respuesta sonó el teléfono.
Con asombro escuché una risa nerviosa, casi adolescente.
Pactamos una cita.
Le compré un ramo de fresias y sentado en la mesa al lado de la ventana, esperé atento para
poder verla llegar.
Mi reloj de bolsillo, marcaba la tardanza, mientras imaginaba inconvenientes que
justificaran su demora.
En una mesa, a mi lado, tres señoras gordas y con sombreros de plumas, tomaban el té con
masas. De vez en cuando me miraban de reojo y entre ellas murmuraban dejando
escapar risas ahogadas y chillonas.
Ya había pasado una hora; nervioso, con el dedo dibujaba y desdibujaba líneas sobre el
mantel rojo.
No quería moverme del lugar, pero un imperioso deseo de ir al baño, obligó a
levantarme.
Dejé las flores para que nadie intente ocuparla.
Diría que casi corrí y oriné tan rápido que mojé el piso.
Al regresar, por la ventana, la vi. Nos miramos con un gesto, mezcla de nostalgia y
destiempo; cerró sus ojos y pegó la vuelta.
Seguro que después se iba a su casa que está ahí nomás en la otra cuadra y tal vez
llorando, lamentaría no haberse animado.
Decidí no sentarme.
Las señoras gordas me miraban escandalizadas; una de ellas tapaba su cara con un
abanico con figuras chinescas.
Tanteé mi bragueta que descubrí sin abrochar. Entonces tomé el ramo y tapando mi pudor,
huí, dejando atrás la mesa, el mantel rojo y los comentarios grotescos, que no lastiman
tanto, como el abandono y el olvido.
Susana

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